De Quinindé al mundo

En 2026, ya es habitual ver el nombre de Willian Pacho entre los mejores defensas del mundo.

A sus 24 años, acaba de recibir su primera nominación al premio Ballon d’Or, tras ayudar al PSG a conquistar 10 títulos desde su llegada, en 2024. Durante ese tiempo, también fue elegido para el Equipo del Año de la Ligue 1 durante dos temporadas consecutivas y se convirtió en el primer ecuatoriano en ganar una Liga de Campeones.

Hoy, Pacho está en la cima. Pero el camino hasta allí comenzó muy lejos de los grandes estadios de Europa.

Para llegar a este nivel —y ocupar hoy el lugar destacado al que ya nos hemos acostumbrado a verle— el defensa tuvo que superar retos desde muy temprana edad.

Pacho nació en Quinindé, una pequeña y remota localidad rural situada en el extremo norte de Ecuador.

Su padre abandonó a la familia poco después de su nacimiento, y tanto él como sus hermanos fueron criados por su madre, que mantenía el hogar compaginando varios trabajos. Tenía un puesto de comida, lavaba ropa a mano para los vecinos y, además, se ocupaba de una pequeña granja improvisada en el patio trasero.

Pacho ayudaba en lo que podía. Cuando su madre se lo pedía, daba de comer a los cerdos. Algunos vecinos incluso se reían al verlo con los brazos metidos en los cubos de arroz, realizando ese trabajo tan pesado.

"Mi madre me enseñó a convertir las sobras en una fiesta" — Willian Pacho

Cada mes de diciembre, se sacrificaban los cerdos y se preparaba un gran asado para toda la comunidad. Y nadie se quedaba fuera. Todos los vecinos recibían una ración.

Esa tradición dejó una profunda huella en Pacho y se convirtió en una de las enseñanzas más valiosas que aprendió de su madre: "Recuerdo que le pregunté a mi madre: '¿Cómo consigues dar de comer incluso a quienes ni siquiera ayudarían a alimentar a la comunidad?'. Y ella respondía: 'No dejes que eso te moleste. Todo el mundo se merece un buen trozo'. Yo iba a entregar ese magnífico trozo de carne de cerdo precisamente a quien se había reído en mi cara. Mi madre tenía el corazón más generoso del mundo. Pero creo que había una lección más profunda que ella me estaba enseñando, ¿sabes? Convertíamos las sobras en una fiesta. Eso lo he llevado conmigo toda la vida". (The Players' Tribune)

El fútbol también formaba parte de aquella rutina. Pacho jugaba al fútbol en la calle todos los días después del colegio, pero nunca se había planteado dedicarse a ello profesionalmente. Para él, solo era un pasatiempo: "No tenía ni la más mínima idea de lo que era ser 'futbolista'. Simplemente jugaba. En Ecuador, en aquella época, ni siquiera te atrevías a soñar con que alguien pudiera pagarte por hacer eso". (The Players' Tribune)

Pero, poco a poco, lo que parecía solo un juego empezó a cobrar otro significado.

Jugando en el Huracán de Quinindé, el club local de la ciudad, Pacho empezó a llamar la atención de los equipos más importantes del país gracias a su fuerza y determinación.

El chico que tuvo que marcharse

En 2017, con 15 años, fue fichado por las categorías inferiores del Independiente del Valle. Para llegar al club, tuvo que afrontar un viaje de ocho horas en autobús por las montañas.

Era el primer gran paso de una carrera que empezaba a salir de Quinindé y a abrirse a nuevos horizontes.

En la cantera, Pacho acabó haciéndose amigo de Moisés Caicedo, quien más tarde sería su compañero en la selección ecuatoriana. Los dos compartieron habitación en la residencia del club antes de poder alquilar su propio piso y compartir los gastos.

Caicedo llegó al primer equipo antes que Pacho, y el defensa no podía estar más contento por su amigo: "Me alegré mucho por él. Eso me dio esperanzas de que yo también pudiera lograrlo". (The Players' Tribune)

Sin embargo, esa esperanza pronto se vería puesta a prueba.

Mientras Pacho empezaba a labrarse un camino en el fútbol, las cosas en casa se ponían cada vez más difíciles. Su madre libraba una larga batalla contra el cáncer, y él se encontraba ahora a horas de distancia de su familia.

Pacho se mantenía en contacto frecuente con sus hermanas para saber cómo estaba ella, pero rara vez podía volver a casa.

En 2019, por fin tuvo la oportunidad de ir a visitarla. Una vez más, se enfrentó a ese largo viaje por las montañas. Solo que, esta vez, el camino parecía aún más difícil. Ver a su madre, que siempre había estado a su lado desde el principio, ahora debilitada y frágil, fue demasiado doloroso.

El debut que lo cambió todo

Unos meses después de aquella visita, el entrenador del Independiente del Valle llamó a Pacho para darle una noticia que llevaba años esperando: por fin debutaría en el primer equipo.

Era el momento por el que había trabajado desde que se marchó de Quinindé. Pero, la noche antes del partido, la emoción dio paso a la ansiedad: "Estaba tan nervioso que no podía dormir. Literalmente, empapé toda la sábana. Solo podía pensar en los dos delanteros a los que tendría que marcar, que estaban en un gran momento de forma. Solo conseguí dormir un poco cuando ya estaba amaneciendo". (The Players' Tribune)

Sin embargo, la mañana del debut, Pacho se despertó con cientos de notificaciones en el móvil.

Y había algo extraño.

Eran mensajes de voz y de texto de familiares y amigos, pero, en lugar de hablar de su debut, todos parecían estar rindiendo homenaje a su madre y dando el pésame.

Aterrorizado, Pacho llamó a su hermana para saber qué le pasaba a la mujer que los había criado.

Ella le dijo que solo se trataba de un rumor que se había extendido por la ciudad. Su madre estaba bien.

Pacho respiró aliviado.

Con la certeza de que ella probablemente estaría viendo el partido por televisión, saltó al campo para hacer realidad el sueño que ambos compartían. Hizo un gran debut, ganando prácticamente todos los duelos y ayudando al equipo a salir del campo sin encajar goles.

No fue hasta después del partido cuando el entrenador y el psicólogo del equipo lo llamaron para hablar con él. Su padre y su cuñado también estaban allí.

Su madre había fallecido esa misma mañana.

Todos lo sabían ya, pero decidieron ocultar la noticia hasta después del partido para que Pacho pudiera cumplir su sueño. Sabían que eso era lo que su madre habría querido: "Lloré de dolor como nunca antes había llorado. Nunca me sentí tan solo". (The Players' Tribune)

Aún con la equipación sucia del partido, Pacho volvió a recorrer el largo camino a través de la cordillera de los Andes de vuelta a casa.

Esta vez, sin embargo, el viaje fue completamente diferente.

El dolor se volvió casi insoportable. En una de las paradas del autobús, presa de la desesperación, llegó a pensar en quitarse la vida: "Recuerdo mirar al abismo y simplemente pensar… Mamá, no quiero estar aquí sin ti». Al final, mi cuñado y mi padre se dieron cuenta de que algo me pasaba. Ni siquiera dijeron nada, pero, a partir de ahí, cada vez que parábamos, me llevaban hasta el borde y me sujetaban. Doy gracias a Dios por ellos. No sé si realmente me habría tirado… Pero solo pensarlo ya me da mucho miedo, incluso hoy en día". (The Players’ Tribune)

El dolor que se convirtió en fuerza

De vuelta en Quinindé, Pacho pasó toda una semana en la habitación de su madre, llorando y dejando que los recuerdos se apoderaran de él.

Pero fue precisamente de ese periodo de dolor de donde surgió una nueva versión del jugador.

"En lugar de jugar con miedo, empecé a jugar con hambre. En el fútbol, necesitas ese tipo de instinto implacable" — Willian Pacho

El defensa considera que ese momento supuso un punto de inflexión en su forma de enfocar el fútbol.

Como le costaba abrirse con el psicólogo del equipo, Pacho encontró en el deporte una especie de terapia. Y, sobre el terreno de juego, algo cambió.

Como él mismo contó: "Tras su muerte, ocurrió algo extraño. Perdí todo el miedo dentro del campo. Antes era un jugador más amable. No me gustaba el contacto físico. No tenía ese instinto de 'comerme el mundo'. Cuando ella murió, me invadieron la rabia, la impotencia y el dolor. [...] Eso me hizo ver las cosas con perspectiva. En lugar de jugar con miedo, empecé a jugar con hambre. Me comí el mundo. En el fútbol, necesitas ese tipo de instinto implacable. Ojalá no fuera cierto, pero lo es. Llevé mi juego a otro nivel en el Independiente durante los dos años siguientes". (The Players' Tribune)

A partir de ahí, Pacho se transformó.

En los tres años siguientes en el Independiente del Valle, ayudó al club a conquistar la Copa Libertadores Sub-20 en 2020 y el Campeonato Ecuatoriano en 2021 -el primer título nacional de la historia del club-.

Y, a medida que su fútbol mejoraba, empezó a surgir un nuevo objetivo. Pacho ya había dejado atrás la idea de que el fútbol era solo un pasatiempo. Ahora quería descubrir hasta dónde podría llevarlo esa carrera.

El sueño europeo pende de un hilo

El siguiente paso era Europa.

Pero, cuando por fin surgió la oportunidad, todo estuvo a punto de salir mal.

Pacho estuvo a punto de fichar por el Borussia Mönchengladbach, pero el acuerdo acabó fracasando en el último momento. En el partido siguiente al cierre de las negociaciones, el defensa se dislocó ambos hombros. Los médicos llegaron a decir que podría estar hasta un año alejado de los terrenos de juego.

Después de todo lo que ya había tenido que afrontar, parecía otro revés más en su camino.

Pacho, sin embargo, no se rindió.

A principios de 2022, por fin surgió la oportunidad que tanto había esperado: el Royal Antwerp, de Bélgica, lo fichó.

Y, una vez más, tuvo que ganarse su puesto.

Tras recibir pocas oportunidades en su primera temporada, Pacho se ganó un puesto entre los titulares en la segunda. En 2023, ayudó al club a conquistar tanto la Copa de Bélgica como la Liga belga, poniendo fin a una sequía de 66 años sin un título de liga.

Aquel chico que un día jugaba al fútbol en las calles de Quinindé ahora levantaba trofeos en Europa.

Y aún quedaba más por venir.

La llegada a la cima

Tras solo una temporada en el Eintracht de Fráncfort, en Alemania -período en el que se situó entre los mejores jugadores del equipo tanto en duelos ganados como en pases acertados-, el defensa fichó por el PSG en agosto de 2024.

A partir de ahí, lo que antes parecía lejano se hizo realidad.

Hoy, Pacho es uno de los jugadores más importantes del equipo y se ha consolidado entre los mejores defensas del mundo. Su palmarés sigue creciendo.

Sin embargo, detrás de cada logro y de cada nuevo reconocimiento se encuentra el recuerdo de la persona que hizo todo esto posible: su madre.

La mujer que le enseñó a convertir las sobras en una fiesta. La mujer que le enseñó a compartir, a seguir adelante y a no olvidar nunca de dónde venía. Fue con estas enseñanzas con las que Pacho salió de un pequeño pueblo rural de Ecuador, se enfrentó a dificultades, pérdidas y decepciones, y llegó a la cima del fútbol mundial.

Lleva su recuerdo consigo a todas partes.

Por eso lleva el dorsal 51: la edad que tenía su madre cuando falleció.

Como él mismo explica: "Llevar este número me recuerda que ella siempre está conmigo. Siento su presencia en el campo, y eso me da fuerzas para seguir adelante. En cada minuto de cada partido, incluso en los momentos difíciles, siento que cuento con ese apoyo". (UEFA)

Desde Quinindé hasta la cima del fútbol mundial, Pacho ha transformado el dolor en fuerza, los obstáculos en logros y las sobras en fiesta, tal y como le enseñó su madre.