Al quedar en el duodécimo puesto en la clasificación del Ballon d'Or de 2021, Romelu Lukaku se convirtió en uno de los pocos jugadores belgas de la historia en colarse en la élite del premio individual más prestigioso del mundo.
La temporada que le valió ese 12.º puesto fue, desde cualquier punto de vista objetivo, una de las mejores de su carrera. En el Inter de Milán, a las órdenes de Antonio Conte, Lukaku había sido el corazón de un equipo que puso fin a la espera de una década del club por un título de la Serie A, ganando el Scudetto en la temporada 2020-21 con un dominio que los fieles seguidores de los Nerazzurri casi habían olvidado que existía.
Lukaku aportó 24 goles en liga y 11 asistencias en todas las competiciones esa temporada, unas cifras que lo situaron entre los delanteros centro más productivos de Europa. Su asociación con Lautaro Martínez se convirtió en uno de los dúos ofensivos más temidos del continente, una combinación de potencia bruta e instinto agudo que desmantelaba las defensas con una eficiencia mecánica.
Lo que hizo que la etapa de Lukaku en el Inter resultara especialmente fascinante fue su contexto. Había llegado a Milán en el verano de 2019 procedente del Manchester United, donde una etapa difícil había dejado interrogantes sobre su futuro. Los críticos lo habían tachado de lento, unidimensional, un delantero capaz de imponerse a las defensas de las divisiones inferiores, pero que se quedaría corto al más alto nivel.
Conte, que tenía un don especial para devolver la confianza a los futbolistas y reorientar sus puntos fuertes, vio algo diferente. Bajo su dirección, Lukaku se convirtió en un delantero centro completo: dominante en el juego aéreo, devastador en el giro y, lo que es más importante, un jugador de enlace de auténtica calidad. La transformación fue tan notable que acalló a la mayoría de sus detractores.
Para Bélgica, la nominación de Lukaku al premio Ballon d'Or de 2021 coincidió con un periodo de gran expectación nacional. La denominada 'Generación de Oro' -construida en torno a Kevin De Bruyne, Eden Hazard y el propio Lukaku- se acercaba a lo que muchos suponían que sería su última oportunidad seria de conquistar un gran trofeo internacional.
Lukaku llevaba ya algún tiempo siendo el máximo goleador de todos los tiempos de Bélgica, un récord que ponía de relieve lo fundamental que era para la identidad futbolística de su país. Su 12.º puesto en la clasificación del Ballon d'Or de ese año fue, en muchos aspectos, un reconocimiento no solo a su rendimiento en el club, sino también a su condición de uno de los pilares de la última gran generación del fútbol europeo, formada por selecciones nacionales brillantes en su juego colectivo.
Un delantero que hizo historia en Bélgica
Aquella ceremonia supuso, también, la primera vez, desde la era moderna del premio, que un delantero belga de su calibre se situaba entre los 15 primeros.
Esa nominación se produjo durante un verano de cambios. El fichaje de Lukaku por el Chelsea en agosto de 2021, por una cifra que, según se informó, rondaba los 97,5 millones de libras, lo convirtió en uno de los jugadores más caros de la historia del fútbol y vino cargado de expectativas.
El reencuentro con el club de su infancia, como él mismo lo describió públicamente, se presentó como la pieza que le faltaba al vigente campeón de la Liga de Campeones de Thomas Tuchel. La realidad resultó más complicada, pero el reconocimiento del Ballon d'Or supuso la confirmación de que había alcanzado la cima de su carrera.
"He tenido una gran temporada y estoy contento de que se me reconozca entre los mejores jugadores del mundo", declaró Lukaku en el momento de la nominación. (L’Équipe, octubre de 2021)
Sin lugar a dudas, aquella nominación fue un momento de reconocimiento para un delantero que había pasado una década desafiando a los escépticos, batiendo récords goleadores y llevando sobre sus hombros el peso del fútbol belga.