El cuarteto que prometía el sexto título
Han pasado casi veinte años desde el inicio del Mundial de 2006 en Alemania. Campeón del mundo en 2002, Brasil llegó a Europa rodeado de expectativas y señalado como favorito para el sexto título, en gran parte gracias al famoso 'Cuadrado Mágico».
Sin embargo, como todos saben, las cosas no salieron como se esperaba.
Pero, al fin y al cabo, ¿qué era el Cuadrado Mágico?
¿Y por qué aquella selección se quedó tan lejos de estar a la altura de las enormes expectativas creadas en torno a ella?
Con la Copa del Mundo de 2026 a la vuelta de la esquina, recordamos una de las plantillas más prometedoras del fútbol moderno -y que, al final, acabó decepcionando-.
Cuatro estrellas, un sueño
No es difícil entender por qué Brasil llegó al Mundial de 2006 como favorito al título.
La selección venía de una conquista histórica en 2002, cuando levantó la copa por quinta vez, y mantuvo el impulso en los años siguientes. Luego vinieron la Copa América de 2004, ganada por séptima vez, y la Copa Confederaciones de 2005, conquistada por segunda vez. En las eliminatorias sudamericanas para el Mundial de 2006, el dominio también fue evidente: Brasil terminó líder con holgura y solo perdió dos de los 18 partidos disputados.
Fue en ese contexto cuando la atención de los medios de comunicación comenzó a centrarse en un elemento específico de aquella plantilla: el llamado Cuadrado Mágico. Cuatro jugadores considerados la clave para el tan soñado sexto título: los rostros de una generación que parecía destinada a la cima.
El más experimentado del grupo era Ronaldo, delantero del Real Madrid. A sus 29 años, el número 9 ya acumulaba dos Ballons d'Or, conquistados en 1997 y 2002, además de haber sido el gran protagonista ofensivo del título mundial de 2002. A pesar de tener un historial preocupante de lesiones, que a menudo lo mantenía alejado de los terrenos de juego durante largos periodos, el R9 seguía siendo una fuerza casi imbatible cuando estaba en forma. Su velocidad, potencia física y habilidad en el regate lo convertían en una pesadilla constante para cualquier defensa.
A su lado estaba Ronaldinho, que llegaba al Mundial de 2006 en la cima de su carrera. A sus 26 años, muchos lo consideraban el mejor jugador del mundo, un reconocimiento que se había materializado con el Ballon d'Or de 2005. Capaz de decidir partidos tanto con goles como con asistencias, el mediocampista ofensivo también había sido pieza clave en la campaña del quinto título mundial y acababa de llevar al Barcelona a su primer título de la Liga de Campeones en 14 años.
Si Ronaldinho vivía su apogeo, Kaká surgía en pleno ascenso. El centrocampista de 24 años formó parte de la plantilla campeona en 2002, pero tuvo una participación discreta por ser aún muy joven. En los años siguientes, sin embargo, se convirtió en uno de los jugadores más completos del fútbol europeo jugando en el Milan. La temporada tras el Mundial de 2006 acabaría siendo la mejor de su carrera, coronada con el Ballon d'Or de 2007, un premio que ya parecía asegurado a mediados del año anterior.
Completaba el cuarteto Adriano, delantero del Inter de Milán. También de 24 años, había irrumpido rápidamente en la escena internacional gracias a la combinación de fuerza física, potencia en el disparo e instinto goleador. Poco antes del Mundial, ayudó al Inter a conquistar la Serie A y la Coppa Italia, además de contar ya en su palmarés con los premios al máximo goleador y al mejor jugador tanto de la Copa América de 2004 como de la Copa de Confederaciones de 2005.
Juntos, los cuatro formaban un ataque que parecía imparable. En la fase de clasificación, 25 de los 35 goles marcados por Brasil salieron de los pies de los integrantes del Cuadrado Mágico: Ronaldo marcó 10, Adriano hizo 6, Kaká contribuyó con 5 y Ronaldinho anotó 4. Y aún hay más: nueve de esos goles nacieron directamente de asistencias dadas por otro miembro del propio cuarteto. Más allá del brillo individual, existía allí una conexión colectiva que transformaba el talento en una producción ofensiva casi constante.
Ante todo esto, era natural que Brasil llegara a Alemania rodeado de expectativas y considerado el gran favorito al título mundial.
Pero las expectativas, al fin y al cabo, no ganan partidos. Lo que se prevé en teoría siempre puede invertirse en la práctica, y eso fue exactamente lo que le pasó al Cuadrado Mágico de Brasil.
El día en que todo cambió
La campaña de la Amarelinha en el Mundial acabó quedando muy por debajo de las expectativas.
Al principio, sin embargo, todo parecía ir según lo previsto. Brasil terminó líder del grupo con un pleno de victorias, venciendo a Croacia por 1-0, a Australia por 2-0 y a Japón por 4-1. En octavos de final, la selección se impuso a Ghana con una victoria por 3-0. Con 10 goles marcados en cuatro partidos y solo uno encajado, a mucha gente le parecía inevitable que Brasil llegara a otra final -y tal vez volviera a conquistar el título mundial-.
Pero nada de eso sucedió.
En cuartos de final, el 1 de julio, ante unos 48 000 aficionados en el WM-Stadion de Fráncfort, Brasil acabó siendo eliminado por Francia. El único gol del partido lo marcó Thierry Henry, que aprovechó un preciso lanzamiento de falta de Zinedine Zidane. Al igual que en 1998, los franceses acababan una vez más con el sueño brasileño en un Mundial.
Brasil estaba fuera.
El resultado fue un shock. Al fin y al cabo, la selección venía de campañas memorables en las ediciones anteriores: campeona en 1994, subcampeona en 1998 y de nuevo campeona en 2002. Quedar eliminada en cuartos de final parecía impensable para una plantilla repleta de algunos de los mejores jugadores del planeta.
Y la enorme expectativa en torno a aquel equipo no provenía solo de los aficionados brasileños. Jugadores, entrenadores y analistas de todo el mundo señalaban a Brasil como el gran favorito antes del torneo. El propio Thierry Henry, autor del gol de la eliminación, había declarado poco antes del Mundial que Brasil era la mejor selección del mundo en ese momento y que esperaba ver a Kaká y Ronaldinho brillando como las grandes estrellas de la competición.
Pero la realidad fue muy diferente.
Brasil no solo cayó prematuramente, sino que los principales nombres de aquel Mundial surgieron en otras selecciones. Fabio Cannavaro levantó el Ballon d'Or de 2006 tras llevar a Italia a su cuarto título mundial. El alemán Miroslav Klose fue el máximo goleador de la competición con cinco goles, mientras que Lukas Podolski se reveló como la gran revelación del torneo. Y, por encima de todos, Zinedine Zidane protagonizó una campaña memorable con Francia, antes de ser traicionado por su propio temperamento en la histórica final.
Por su parte, el Cuadrado Mágico, que había causado tanta expectación antes del Mundial, nunca logró ofrecer el fútbol que el mundo esperaba -y que los brasileños tanto soñaban con ver-.
Pero, ¿por qué?
¿Por qué una formación que había dominado la Copa de Confederaciones no logró repetir el mismo rendimiento en el mayor escenario del fútbol mundial?
El Cuadrado Mágico que funcionó
Hay varios factores que ayudan a explicar la eliminación de Brasil en 2006.
Uno de ellos era táctico.
El Cuadrado Mágico que cautivó a tanta gente en 2005, en la práctica, era diferente al que saltó al campo en el Mundial un año después.
Esto se debió a que Ronaldo se quedó fuera de la Copa de Confederaciones tras una temporada larga y agotadora en el Real Madrid. La decisión de no disputar el torneo fue muy criticada, especialmente porque dejaba al Cuadrado Mágico sin una de sus principales figuras. Pero la ausencia del número 9 acabó abriendo espacio para que otro jugador ganara protagonismo, y eso fue exactamente lo que le pasó a Robinho.
A sus 21 años, el extremo del Santos aprovechó la oportunidad de manera impresionante. Para sorpresa de muchos, demostró estar totalmente a la altura del desafío, y la versión del Cuadrado Mágico con su presencia acabó siendo precisamente la más dominante de la selección.
En un gran momento de forma, Robinho aportaba profundidad y velocidad por las bandas, lo que permitía a Adriano mantenerse más centrado como referencia en el área, mientras que Kaká y Ronaldinho tenían libertad para circular, crear jugadas y ocupar diferentes zonas del ataque. Sus constantes arranques obligaban a las defensas rivales a abrirse para contenerlo, creando espacios tanto para los remates de Adriano como para las incursiones de los otros dos centrocampistas.
De los 12 goles marcados por Brasil en aquella Copa de Confederaciones, solo uno no contó con la participación directa de algún miembro de esa formación del Cuadrado Mágico: el gol de Juninho Pernambucano contra Grecia, aún en la fase de grupos. Robinho terminó el torneo con dos goles y tres asistencias, además de ser elegido mejor jugador sobre el terreno de juego contra Grecia. Adriano recibió el premio en la semifinal contra Francia, mientras que Ronaldinho brilló en la final contra Argentina.
Una combinación de problemas
Sin embargo, cuando comenzó el Mundial, Robinho perdió su puesto en el once titular con el regreso de Ronaldo. El problema es que el delantero volvía tras dos meses de baja por lesión y ya no tenía la misma explosividad física. Naturalmente, el ataque brasileño también se volvió más lento y predecible, perdiendo precisamente la intensidad que había sido tan importante en el éxito de la Copa Confederaciones. Adriano, por su parte, también se enfrentaba a dificultades físicas en aquel periodo. Con ello, dos miembros del Cuadrado Mágico pasaron a actuar de forma más estática en el sector ofensivo, sin la movilidad necesaria para acelerar las jugadas y desorganizar las defensas rivales.
En el partido contra Francia, el seleccionador Carlos Alberto Parreira intentó incluso hacer cambios en el equipo, pero tomó una decisión que generó muchas críticas. En lugar de sacar a Ronaldo y meter a Robinho para recuperar la dinámica ofensiva que había funcionado tan bien en 2005, el entrenador optó por sacar a Adriano y meter a Juninho Pernambucano. El cambio no dio resultado.
Más tarde, Parreira defendería su elección alegando que Robinho aún no se había recuperado del todo de una lesión reciente. Raymond Domenech, seleccionador de Francia, tuvo una interpretación muy diferente del cambio: "Sacaron a Adriano y metieron a Juninho. Nos alegramos, ¿no? No es que Juninho no fuera un gran jugador. Pero Adriano daba mucho trabajo a la defensa, sobre todo cuando ya tenías que marcar a Ronaldo. Así que les dije a mis jugadores: 'Los brasileños tienen miedo. Han sacado a un delantero porque tienen miedo de lo que podamos hacerles'". (Estadão)
Ronaldinho también llegó agotado al torneo. El crack venía de la mejor temporada de su carrera en el Barcelona, con casi 50 partidos disputados. Su último partido antes del Mundial -la final de la Liga de Campeones contra el Arsenal- había tenido lugar apenas 20 días antes del debut en el Mundial.
Y claro: los problemas de la selección no se limitaban al Cuadrado Mágico.
Mucha gente también cuestionó la insistencia de Parreira en mantener a Cafú y Roberto Carlos como titulares. Ambos eran figuras históricas de la selección brasileña, pero ya habían superado los 30 años y ya no se encontraban en el apogeo físico de su carrera. En opinión de parte de la prensa y de los aficionados, jugadores más jóvenes -como Cicinho- podrían haber tenido más oportunidades a lo largo de la campaña.
Además, hubo toda una polémica en torno a la preparación de la selección en Weggis, una pequeña ciudad de Suiza donde Brasil se concentró antes del Mundial. La idea inicial era que la plantilla se adaptara al clima europeo mientras el equipo entrenaba centrado exclusivamente en el torneo. En la práctica, ocurrió lo contrario.
Se pusieron a la venta entradas para los entrenamientos del equipo, con capacidad para unas cinco mil personas por sesión. Las entradas se agotaron rápidamente y los entrenamientos pasaron a celebrarse en un ambiente festivo. Los aficionados abarrotaban las gradas, las bandas tocaban música a todo volumen, se organizaban barbacoas fuera del estadio y se instalaban puestos de comida y productos relacionados con el fútbol por toda la zona. En algunos momentos, los aficionados llegaron incluso a invadir el campo para abrazar a los jugadores y hacerse fotos.
El ambiente era de fiesta, no de preparación para la competición más importante del fútbol mundial.
Los jugadores tuvieron dificultades para mantener la concentración en los entrenamientos, y toda la situación se convirtió en blanco constante de críticas por parte de la prensa. Años más tarde, el propio Parreira y algunos atletas reconocieron que Weggis entorpeció la preparación del equipo. El episodio acabó convirtiéndose en un ejemplo de lo que no hay que hacer en futuros Mundiales. Cuando Dunga se hizo cargo de la selección y le preguntaron sobre el tema en 2010, lo resumió así: "Para mí y para todos los jugadores, sería estupendo que los entrenamientos fueran abiertos, con el calor del público, la alegría de los aficionados. Pero la experiencia del pasado demuestra que no puede ser así. No puedo cometer los mismos errores, lo que se dijo de Weggis. Con eso, perdimos un poco de esa alegría". (UOL)
Al final, fue la suma de todos estos factores -un sistema táctico diferente al que había funcionado en 2005, el desgaste físico de algunas de las principales estrellas, la apuesta por la experiencia de los jugadores veteranos y una preparación caótica fuera del campo- lo que acabó provocando el decepcionante rendimiento y la temprana eliminación de Brasil en el Mundial de 2006.
Una historia más grande que un resultado
Pero quizá el amargo recuerdo de aquella eliminación también acabó eclipsando el verdadero potencial del Cuadrado Mágico en su apogeo.
Porque, en términos de talento e impacto, la combinación formada por Ronaldo, Ronaldinho, Kaká y Adriano sigue siendo una de las más impresionantes de la historia del fútbol mundial. Y es difícil no imaginar que el cuarteto podría haber logrado mucho más si no se hubiera visto afectado por los problemas físicos y las lesiones que se hicieron evidentes en el Mundial de 2006.
Los cuatro siguen siendo recordados entre los mejores jugadores brasileños de todos los tiempos, y con razón.
Juntos, acumularon 336 partidos, 151 goles y 89 asistencias con la selección brasileña, además de ocho títulos conquistados con la Amarelinha. Eso sin contar todo lo que ganaron en sus clubes a lo largo de unas carreras que, sumadas, abarcaron casi 25 años.
En el Ballon d'Or, el cuarteto acumuló 23 nominaciones y cuatro títulos entre 1995 y 2009, y tres de los cuatro jugadores ganaron el premio a lo largo de su carrera. Adriano fue el único que nunca ganó el premio, aunque alcanzó el sexto puesto en 2004.
Incluso en el Mundial de 2006, a pesar de la decepcionante campaña, el Cuadrado Mágico fue responsable de seis de los diez goles marcados por Brasil en el torneo. Kaká, en particular, recibió muchos elogios por sus actuaciones. Incluso Pelé destacó el rendimiento del centrocampista, junto al defensa Lúcio -nominado al Balón de Oro de 2002— y a Zé Roberto. Kaká también recibió el premio al Jugador del Partido en el debut contra Croacia, mientras que Ronaldo fue el protagonista frente a Japón.
El sueño continúa
El legado del Cuadrado Mágico también sigue presente en las siguientes generaciones de la selección.
Desde la decepción de 2006, diferentes entrenadores y aficionados comenzaron a buscar nuevas versiones del famoso 'Cuadrado'. A finales de la década de 2000, bajo el mando de Dunga, surgió una formación renovada con Kaká, Ronaldinho y Robinho junto al joven Alexandre Pato. Ya en 2018, el debate volvió con un cuarteto formado por Neymar -nueve veces nominado al Ballon d'Or-, Philippe Coutinho, Willian y Gabriel Jesús. En el Mundial de 2022, Neymar siguió siendo la pieza central de un nuevo intento, ahora acompañado por Raphinha, Richarlison y Vinícius Júnior.
Hoy, dos décadas después del Cuadrado Mágico original, los aficionados brasileños siguen buscando un nuevo cuarteto capaz de llevar al país al tan soñado sexto título. Muchos imaginan una versión para 2026 con tres nombres ya presentes en 2022 -Neymar, Raphinha y Vinícius Júnior-, pero esta vez con el joven Endrick ocupando el puesto de delantero centro en lugar de Richarlison.
Y, al observar la actual campaña de la selección, es imposible no notar el contraste con la situación vivida antes del Mundial de 2006.
En aquel ciclo, Brasil lideró con tranquilidad la fase de clasificación sudamericana, perdió solo dos partidos, marcó 35 goles y encajó 17. En cambio, en la clasificación para el Mundial de 2026, el equipo terminó en quinta posición, acumulando seis derrotas. El número de goles encajados fue exactamente el mismo -17-, pero el ataque solo marcó 24 veces.
Pero quizá esto no deba verse necesariamente como una mala señal.
Al fin y al cabo, la campaña dominante en las eliminatorias para 2006 apenas se reflejó en el rendimiento de la selección en el Mundial, que terminó en una gran decepción. En cambio, los caminos hacia los Mundiales de 1994 y 2002 fueron mucho más turbulentos.
En 1994, Brasil se aseguró la clasificación solo en la última jornada de las eliminatorias, frente a Uruguay; una derrota habría dejado a la selección fuera del Mundial por primera vez en su historia. Por su parte, el camino hasta 2002 estuvo marcado por actuaciones irregulares y cambios constantes en el cuerpo técnico. Aun así, Brasil acabó conquistando el título en ambas ocasiones.
El legado y el futuro
La decepción del Cuadrado Mágico en 2006 siempre ocupará un lugar doloroso en la memoria de la afición brasileña. Pero eso no borra -ni debería borrar- la importancia histórica de cada uno de esos cuatro jugadores para la selección.
Del mismo modo, el hecho de que el legendario mediocampo de Telê Santana, formado por Zico, Sócrates, Falcão y Toninho Cerezo, no ganara la Copa de 1982 nunca ha restado importancia a sus carreras en la historia del fútbol brasileño.
Al mismo tiempo, ganar un Mundial cambia inevitablemente la forma en que se recuerda a ciertos jugadores y generaciones. Un título mundial rara vez crea grandeza de la nada, pero puede eternizar a un equipo y convertir a una generación en símbolo de una era.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en 2002. Con la conquista del quinto título mundial, los famosos 'Tres R' -Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho- se consolidaron como uno de los grupos más admirados y respetados de la historia de la selección brasileña.
Desde entonces, Brasil sigue intentando reencontrar esa combinación perfecta: un grupo de jugadores capaces de brillar individualmente, pero también de funcionar como un colectivo fuerte, equilibrado y ganador.
Queda por ver si la selección encontrará finalmente ese nuevo cuarteto en 2026.
La respuesta llegará pronto.
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